Zenobia, por Natividad Graciano

Zenobia, por Natividad Graciano

“Después de todo, yo soy en parte dueña de mi propia vida y J. R. no puede vivir la suya aparte de la mía”.

Me suele ocurrir. A veces me encuentro sumergida en pensamientos recurrentes sobre algo o alguien, que sin saber por qué despiertan en mí un interés, a veces ansioso, por lecturas, autores, temas que salen a mi paso misteriosamente, como si un hilo invisible tejiera una red.

Me explico. Soy una ferviente admiradora de Rafael Álvarez “El Brujo”. Procuro estar al tanto de sus novedades teatrales. Recientemente ha estrenado “Autobiografía de un yogui”, sobre la figura de Paramahansa Yogananda, maestro espiritual de la India. Enseguida me he interesado por esta obra y por la figura del yogui. Descubro entonces que mantuvo contacto con el poeta hindú, Rabindranath Tagore, al que admiraba. Enlazo con las obras de Tagore, traducidas por Zenobia Camprubí. Me detengo en Zenobia y justo en este momento, el hilo enlaza con una exposición temporal sobre ella en la Colección Museográfica de Casariche, nuestro pueblo: “Zenobia, en primera persona”, que estará hasta el 28 de Mayo.

El título de la exposición nos dice mucho de lo que fue Zenobia Camprubí, más allá de esposa de Juan Ramón Jiménez y sombra del poeta. Zenobia aparece en el recuerdo colectivo ligada inexorablemente a la figura de Juan Ramón, sin embargo fue una mujer fuerte, autónoma, con personalidad propia, inteligentísima, que sabía lo que quería. Y lo que quiso fue moverse entre la devoción y la admiración al poeta de personalidad enfermiza y neurótica, -se impuso como misión y destino procurarle el bienestar- y la independencia intelectual. Fue una de las primeras mujeres en España con carnet de conducir, precursora de los negocios de exportación de artesanía popular y pionera también en la lucha por las libertades y derechos de la mujer. Dominaba varias lenguas (español, inglés y francés) y tenía una amplia formación en literatura, historia y música. Viajera incansable, escribió, tradujo, impartió clases y conferencias en la universidad y se involucró durante toda su vida en numerosas iniciativas culturales.

Zenobia decidió dedicar su vida al hombre al que amó y la amó, pero nunca dejó de ser ella. Y a ella es a la que podemos ver en esta exposición: documentos y objetos personales, fotografías, publicaciones, sus Diarios de juventud, sus tres diarios de correspondencia, los textos “Juan Ramón y yo”, las traducciones de las obras de Rabindranath Tagore.

Zenobia Camprubí dedicó su vida a su gran amor, y por ello, a pesar de ser una mujer que siempre quiso ser independiente, algunos dudaron de esa supuesta libertad. Otros continúan defendiendo su decisión como un acto de amor y que nunca vetó su trayectoria personal.

El 25 de Octubre de 1956 le concedieron el Nobel de Literatura a Juan Ramón Jiménez. Zenobia moriría tres días después. Sin Zenobia, el Nobel no hubiera sido posible, porque Zenobia fue la “luz del poeta”.