Vuelta al Cole, por la nueva columnista Laura Parrado

Vuelta al Cole, por la nueva columnista Laura Parrado

Desde que tengo uso de razón, el inicio del mes de septiembre ha significado para mí el verdadero comienzo del año. Cada treinta y uno de agosto suponía un simbólico y desganado duelo por el verano que empezaba a despedirse, la piscina que cerraba, la playa que quedaba atrás, las vacaciones que finalizaban y la soporífera continuidad de los días que ya llevaban tiempo acortándose. Esa intensa melancolía no tardaba en ser suplantada por una nueva ilusión: la del principio de curso que, en mi entusiasmo infantil, se transformaba en una algarabía por el regreso a ese lugar donde mi espíritu hallaba una inagotable fuente de alimento: LA ESCUELA.

Pese a que el contacto entre los compañeros no se perdía durante el verano (el pueblo es pequeño y nos encontrábamos en todas partes), el simple hecho de volver a situarnos todos en la misma fila, en dirección a la misma aula tras los pasos del mismo profesor a quien tampoco habíamos dejado de ver en los meses anteriores, ya suponía una agitación colectiva ante la perspectiva de las vivencias que íbamos a compartir en los próximos meses: juegos, risas, complicidad y travesuras, pero también trabajo duro y afán de superación. Nada más cruzar la puerta, comenzaba la loca carrera en busca del mejor pupitre, en la que cada cual tenía sus preferencias: junto a la estufa para el invierno o junto a la ventana por el calor todavía presente, bien cerca de la pizarra para enterarse bien de todo o lo más lejos posible de la vista del maestro. Comenzaban las primeras discrepancias: “¡Tú conmigo!”, “¡no, tú aquí!”, “¡si me dijiste que nos íbamos a sentar juntos!”, los líderes de la clase tomaban la palabra y definían sus territorios, hasta que el profesor zanjaba las discusiones haciendo sentarse a todo el mundo por orden de lista y con los pupitres separados. La red comenzaba a tejerse nuevamente a través de siseos, gestos, papelitos que circulaban de mano en mano en cuanto el maestro se daba la vuelta. Y este, cuya experiencia ya le había colocado ojos en el cogote, sonreía en silencio mientras apuntaba la fecha en la pizarra, sintiéndose cómplice silencioso de aquellos locos bajitos por quienes tenía que esconder su ilusión por volver a ser niño para emprender con profesionalidad la ardua tarea de educarlos.

La “vuelta al cole” se ha convertido hoy en el eco cansino de una campaña comercial que a todos asociamos con gasto y consumo. Las familias hacen números y se quejan del desembolso económico (la tele no para de hablar de ello, de modo que nosotros tampoco). En casa entran bolsas con cuadernos, lápices, bolígrafos, rotuladores, témperas, juegos de reglas, compases, folios y un sinfín de objetos que son recibidos con incomodidad por el precio que han costado. ¿Y el valor que tienen como instrumentos de aprendizaje?,  ¿nadie piensa en él? Porque cuando una herramienta nos sirve para solucionar una avería, la guardamos como oro en paño. ¿No debería suceder lo mismo con ese plumier recién estrenado, impregnado aún del olor a cedro y grafito de los lápices de toda la vida? Cuidar el material escolar implica tener siempre a punto nuestras herramientas de aprendizaje, aquellas que nos van a formar como personas para el resto de nuestras vidas.

Al mejor alumno no lo hacen la mejor mochila ni el mejor chándal. Al mejor estudiante lo hace la ilusión por aprender y, para empezar a alimentarla, el mejor momento es la “vuelta al cole”, la potenciación de esa magia que comienza a flotar en el aire cada uno de septiembre. Muchos años después no recordaremos ni el color de la mochila ni la marca del chándal, pero no habremos olvidado la sonrisa cómplice de nuestro mejor amigo al tocarle la suerte de ocupar el pupitre más cercano, el garabateo de la primera fecha del curso en la primera hoja del cuaderno, primorosamente elaborada porque este año hay que mejorar la caligrafía, la carrera al trote por el recién recuperado patio del recreo, las energías aplicadas con toda vivacidad al juego… todo lo que significa “empezar un año”, con todos sus buenos propósitos listos para ser cumplidos.

Y lo que todos pasan por alto en esa recién estrenada algarabía: la mirada vigilante del maestro, quien entre tanta juventud no puede evitar sentirse un poco más viejo.

Laura Parrado.

http://ladamazahori.blogspot.com.es/

Para saber un poco más: Educar con co-razón, de José María Toro Alés. Editorial Desclée de Brouwer, Bilbao, 2012.