Mujeres invisibles, por Natividad Graciano

Mujeres invisibles, por Natividad Graciano

El pasado 8 de Marzo se conmemoró el Día Internacional de la Mujer Tabajadora, es decir, el día de todas las mujeres, pues ¿qué mujer no es trabajadora?. Ese día las redes sociales y los medios de comunicación estuvieron inundados de noticias sobre actos reivindicativos, recuerdos de mujeres luchadoras, manifestaciones contra la violencia de género, historias de superación en un mundo de hombres, defensa de la igualdad en todos los ámbitos de la vida: igualdad salarial, igualdad para acceder a un puesto de trabajo, igualdad de trato… Instituciones públicas y privadas hicieron su particular homenaje a la mujer organizando actividades varias: conferencias, manifestaciones, actos festivos y reivindicativos… Es decir, se trataba de hacer visible la situación de desventaja y desigualdad en la que aún hoy, en el siglo XXI, padecen muchas mujeres en todo el mundo.

Y en medio de esta visibilidad, la invisibilidad de la mujer con discapacidad intelectual.

Más allá de las organizaciones de la discapacidad, la mujer con discapacidad intelectual está ausente, silencio absoluto: la marginalidad en la que se encuentra la mujer con discapacidad no se ve y lo que no se ve, no existe.  Es difícil reconocer una necesidad si no se ve. Si escondemos una realidad, ésta deja de existir.

La mujer con discapacidad es el último eslabón de la cadena de la discriminación. Es curioso pero las reivindicaciones de género las hicieron las mujeres sin discapacidad y ellas tampoco tomaron en cuenta a la mujer con discapacidad.

Son mujeres invisibles entre la invisibilidad habitual a la que se somete a la mujer. Apenas encontramos estadísticas, estudios, noticias sobre la situación que viven muchas mujeres que son doblemente discriminadas: por ser mujeres y por tener una discapacidad. Este hecho las hace sumamente vulnerables. Vulnerables al aislamiento social, a la dependencia económica y sociafectiva, a la violencia y al abuso sexual.

Cada limitación para ser y tener las posibilidades que tenemos las demás mujeres es un acto de violencia contra ellas: se las incapacita laboralmente y económicamente, pero paradójicamente se las convierte en las cuidadoras de sus mayores y en “asistentas domésticas”; se las considera seres asexuados que ni sienten ni padecen, eternas niñas incapacitadas para amar, para enamorarse y para desear, para vivir su propia sexualidad como mujeres; en definitiva, se les niega una vida como la de cualquier otra mujer, la de cualquier otra persona.

Pero las mujeres con discapacidad intelectual SON, ESTÁN y CUENTAN. Y yo doy fe de ello. Mis mujeres, mis amigas de Crisol-Aydis, tienen una discapacidad intelectual, pero eso no les impide ser curiosas, desvivirse por aprender, amar, enamorarse, desear, tener ilusiones, objetivos, decidir lo que quieren ser… SER MUJERES COMO TÚ Y COMO YO, COMO TODAS.