Mucho, mucho ruido por Natividad Graciano

Mucho, mucho ruido por Natividad Graciano

Me molesta mucho el ruido. Soy “ruidófoba”. Afortunadamente vivo en un lugar privilegiado en donde la mayor parte del tiempo, los ruidos están ausentes y puedo disfrutar de tranquilidad y sonidos agradables/armónicos, beneficiosos para mi salud mental y mi sistema nervioso, aunque de vez en cuando mis oídos sufren el ataque de alguna motosierra, motos de gran cilindrada y otras máquinas, amén de los consabidos petardos que “amenizan” las fiestas, de los que no estamos exentos los que vivimos en el campo.

Y no es de extrañar, España es después de Japón el país más ruidoso del planeta. Y lo es con la complicidad de los ayuntamientos y las instituciones que nos gobiernan, que permiten que las calles y plazas se llenen de terrazas con  gente vociferando y con música a un volumen insoportable en muchos casos; con artilugios ruidosos como castillos hinchables, hasta altas horas de la madrugada; espectáculos callejeros como concentraciones de motos en pleno casco urbano, celebraciones a golpe de claxon por el triunfo del equipo de fútbol  de turno, alguna boda o demás eventos, por los que, supuestamente para algunos, todos debemos alegrarnos, aunque nos importe un pito.

Los que pedimos silencio somos considerados raros, maniáticos, neuróticos, incluso, asociales/antisociales, cuando precisamente lo asocial/antisocial es todo aquello que impide y distorsiona la comunicación y las relaciones humanas. La etimología del término “ruido” es “rugitus”, rugido, estruendo, sonido desagradable. Es sinónimo de distorsión, alboroto. En semiología, interferencia que afecta al proceso de la comunicación. En una asociación sinestésica entre imagen visual y percepción auditiva, se le llama ruido a unos granitos que  impiden la nitidez de una imagen fotográfica.

Hace unos días terminaron las fiestas de Navidad, y como fiestas que son, el ruido ha estado presente en ellas y en nuestras vidas. Tras la celebración de la fiesta de Fin de Año, muchos casaricheños se alegraron de la ausencia de petardos en la plaza del pueblo (que no en otros lugares de dicho pueblo). Yo también me alegro. Pero hay algo que me llamó la atención: el porqué no ha habido petardos. El motivo fue un bando municipal donde se prohibía su uso y su venta, y donde se especificaban las correspondientes sanciones para aquellos que infringieran la norma, llegando incluso a colocar cámaras de videovigilancia en la plaza. Y ahí está el motivo: la prohibición y el castigo. Cuando alguien actúa movido sólo por el miedo al castigo y no por el bien común o por la propia responsabilidad, se encuentra en el estadio más bajo de la conciencia moral, en el de la heteronomía moral: “hago las cosas porque otros me las imponen, por miedo”, frente a la autonomía moral: “hago las cosas por responsabilidad o por el bien de todos”. Este estadio es propio de nuestros primeros años de vida, cuando somos niños e impera en nosotros una actitud egocéntrica y egoísta. Y por lo que vemos, muchos adultos no han evolucionado y permanecen de por vida ahí, en la primera etapa del desarrollo moral del ser humano.

Los medios de comunicación y las redes sociales son, en la actualidad también fuentes de ruido. En ellos se vuelcan mucha agresividad verbal, actitudes intolerantes, falta de respeto a la opinión contraria, crispación… Espero y deseo que la nueva andadura de Teselas de Ventippo a la que se me ha invitado a sumarme, sea una ventana abierta a los sonidos de la libertad de expresión, de la tolerancia, del respeto, de la crítica constructiva, de la diversidad de criterios… y sea una puerta cerrada al RUIDO.