Memorias sobre Casariche, por D. Rafael Rodríguez

Memorias sobre Casariche, por D. Rafael Rodríguez

La memoria histórica de cada persona es distinta de cualquier otra. Por eso no se debe hablar nunca de memoria colectiva ya que cada uno tiene su evocación particular, la cual es única. ¿Qué me sugiere a mí la palabra Casariche? La palabra Casariche me evoca muchas cosas:

– Una infancia muy feliz junto a mi hermano y los demás niños de la calle de La Palma. En las fechas señaladas de Navidad o de la Santa Cruz, salíamos en pandilla para recoger el aguilando que luego disfrutábamos, fraternalmente, con las comidas que nos preparaba mi madre.

– El olor y sabor del aceite nuevo en la fábrica de mi primo Frasquito Parrado donde trabajaba mi padre durante todo el invierno. En aquellos años de escasez, los “tostones” que nos preparamos mi amigo Gregorio y yo en la “pailla” del molino chorreando aceite fresco y picante es para mí un recuerdo inolvidable y entrañable. También ocupa un lugar importante en mi memoria los recitales de poesía de Gabriel y Galán (El embargo, El Ama) y de Campoamor (El tren expreso) con que nos obsequiaba mi primo Frasquito, que era un consumado rapsoda.

– Las noche mágicas que pasábamos en invierno mi hermano y yo y algún otro primo junto a Frasquito Galindo, el “piensaor” de las yuntas de mi tía María de los Santos. Recuerdo que había 7 yuntas de mulos y que cada hora en punto tenía que echarle de comer. Entre un pienso y otro, Frasquito nos leía historias y leyendas de un libro gordo y maravilloso que siempre tenía encima de la mesa camilla donde nosotros, con muy pocos años, nos calentábamos y nos quedábamos con la boca abierta escuchando aquellas historias fantásticas.

– Mis años en la escuela de D. Armando Ortiz, en mi opinión el mejor Maestro que ha ejercido en Casariche, entendiendo como maestro, no sólo el que enseña sino, sobre todo, el que educa. En aquellos primeros años recuerdo que, al salir de la escuela, vimos cómo arreglaban con asfalto la calle Luna y que estaban los bueyes del cortijo El Patronato tirando de un rulo con el que no podían por la calle arriba, por lo que tuvieron que traer una apisonadora moderna.

– La gran nevada del 3 de febrero de 1954. Cuando nos levantamos aquella mañana, nuestros ojos no comprendían lo que era aquello. Nunca habíamos visto una cosa igual. Luego nos familiarizamos con la nieve y los niños pasamos uno de los mejores días de nuestra vida.

– Las tardes en la piscina municipal. Desde que teníamos muy pocos años, mi padre nos llevaba, todos los días de verano, a mi hermano y a mí, a aprender a nadar. Yo creo que lo hacía, no sólo por nuestra formación, sino porque él pasaba unos ratos deliciosos charlando con su amigo José “El de La Puebla”, una de las personas más graciosas y con más ingenio que han vivido en Casariche.

También tengo recuerdos de otros episodios negativos: de la cantidad de niños que llamaban a la casa pidiendo un “peacito” de pan. De los hombres que esperaban en la plaza del pueblo o en el puente de Triana para que alguien los contratara y  así poder dar de comer a su familia ese día. De  la cantidad de personas que se iban a trabajar al arroz para traer algunos dineros con los que  seguir tirando. Eran unos años muy duros que, ojalá, nunca vuelvan. Pero en el recuerdo de un hombre de 66 años siempre prevalecen los episodios entrañables que son los que he tratado de transmitir a ustedes.

 

                                                                           Rafael Rodríguez Graciano.