Mi lugar predilecto, por Francisco J. Gómez Parrado

Mi lugar predilecto, por Francisco J. Gómez Parrado

El dominio romano en Andalucía causó el nacimiento de pequeñas poblaciones ricas en cultura popular, oficios vigentes en la actualidad y, sobre todo, personas entrañables. En el centro geográfico de la tierra más productiva de la península, comenzaron a brotar bosques cuyo árbol protagonista resultaría ser el sustento para muchas familias en un presente grisáceo. La piedra apareció en el núcleo urbano para constituir los cimientos de calles céntricas como Ramón y Cajal, Nuestra Señora de la Encarnación o Luna.

Precisamente ésta, junto a la luz diurna que permite el crecimiento de las flores, fueron testigos presenciales de la germinación de un municipio que ha quedado calado en muchos corazones honrados. Una localidad que muestra una denominación pasajera y carente de significado para algunos y trascendente para otros.  Un rincón andaluz custodiado por un campanario reconstruido, hogar de una pareja que garantiza la supervivencia del ser humano, leyenda que debería seguir latente en nuestra sociedad para contribuir con la conservación de las tradiciones. Un nombre merecedor de infinitos calificativos, una designación imborrable, un orgullo permanente, un emplazamiento a orillas del Yeguas impregnado por el aroma del rico olivar, un pueblo llamado Casariche.

Por la gracia del destino, tuve la suerte de aparecer por sus recovecos como lo hace el rocío mañanero en el romero o el lentisco de nuestras herrizas. Con sangre casaricheña y descendencia rigüeleña me fui curtiendo como persona, pasando por una infancia con la calle como principal juguete de entretenimiento, algo que propició anécdotas talladas en la madera de nuestro recuerdo, risas infinitas y, sobre todo, felicidad.

El paso de los años trajo consigo mi formación académica y tras superar algún que otro varapalo en el camino, llegó la difícil indecisión que cambiaría el devenir diario de mi vida. Digo indecisión porque fue un quebradero de cabeza continuo. Finalmente, esa indecisión encontró consuelo en el periodismo. Los inicios supusieron una lucha constante por no caer de una cuerda floja y temblorosa. La timidez que tanto me caracteriza, hizo que la duda despertara con todo por descubrir. Curiosamente, la vocación periodística se apoderó de mí y le empecé a coger el gustillo a una profesión que tiene como principal obligación denunciar las injusticias sociales y servir al pueblo con información veraz.

Hace unos meses, una persona a la cual agradezco su interés, depositó su confianza en mí y abrió una sección en este portal digital para que emitiera por escrito juicios de valor sobre temas con tintes históricos, actuales o, simplemente, de interés social. Sin duda alguna, acepté este reto y desde mi humildad, intentaré crear textos que sean de vuestra competencia, con la palabra como única arma de defensa y pretendiendo siempre, no levantar polémicas ni ofensas sobre mis paisanos.