La Traición y la Lealtad, por David Wenceslao

La Traición y la Lealtad, por David Wenceslao

La reflexión surge debido a un excepcional libro que estoy acabando de leer y que más adelante es probable que comente expresamente, Anatomía de un Instante, de Javier Cercas. En él, el autor nos llama la atención sobre estos dos principios a los que nos atenemos en muchos momentos de nuestra vida para decidir nuestro comportamiento.

En nuestro día a día hay gran cantidad de acciones marcadas de forma más o menos  consciente por la lealtad a una persona, a una institución, a una ideal, etc.

Podríamos decir que faltar a esa lealtad que aseguramos, prometimos, juramos, es cometer de alguna forma una traición a ella. Así pues, sin que lo sean de manera absoluta, podríamos considerarlos principios contrapuestos, traicionamos a algo o a alguien  cuando faltamos a la lealtad que le prometimos.

Hay patrones que rigen el comportamiento de la mayoría de las personas, evidentemente no el de aquellas que no tienen el más mínimo principio, y es que nos sentimos bien cuando cumplimos con nuestra lealtad y nos corroe la conciencia cuando traicionamos a algo o alguien.

Lo difícil,  y este es el quid de la cuestión que planteo, resulta cuando se ponen en la balanza distintas lealtades que se contraponen o al menos que de forma consciente nos parece que esa es su naturaleza. En el caso de la obra que os citaba al principio se trata un ejemplo especialmente interesante que se da en la transición española. Políticos que traicionan ideales hasta el momento inamovibles en pos de construir una democracia que daba sus primeros titubeantes pasos.

Seguramente no nos encontremos en disquisiciones de tal magnitud en nuestro día a día pero sí que aparecerán momentos donde nos debamos plantear a qué realmente somos leales, o sí por aquella lealtad por la que antaño moríamos, hoy tiene sentido seguir comprometidos. ¿Acaso no nos estemos traicionando a nosotros mismos por no cometer alguna otra traición?

No creo que debamos más lealtad  a nadie que a nosotros mismos cuando tomamos una decisión y posiblemente la empatía que sentimos de forma natural, la solidaridad que nos mueve con nuestros seres más cercanos nos impida ver esto con cierta claridad. Con ello no quiero decir que no sea legítimo el sacrificio de alguno de nuestros deseos, es humano, es respetable, por supuesto.

Lo que quizás se podría concluir, es que no podemos juzgar una traición de manera reprobable, ni una lealtad como loable de forma absoluta, tienen demasiados matices, y tal vez requerimos sopesar más de una o de otra que quedan en un consciente o inconsciente segundo plano.