La paz del camposanto, por Rafael Rodríguez

La paz del camposanto, por Rafael Rodríguez

Noviembre es el mes en que, tradicionalmente, visitamos el camposanto. Según el diccionario de la RAE la palabra camposanto es equivalente a cementerio: lugar destinado al enterramiento de los cadáveres.

Comprendo que muchas personas le tienen grima a los cementerios. Personalmente, yo me encuentro a gusto cuando los visito y experimento una gran paz interior, sobre todo en el que se encuentran muchos de nuestros seres queridos, maestros y amigos. La vida pasa por una serie de etapas y hemos de asimilar que una de ellas es que nuestros restos reposen en un camposanto.

Hoy en día, se está imponiendo la incineración, cosa que yo todavía no he asimilado. Es comprensible que en las grandes ciudades donde hay falta de espacio, la incineración ha resuelto parcialmente el problema. Pero en los pequeños pueblos el problema del espacio no es perentorio y podemos seguir enterrando a nuestros difuntos como Dios manda.

Nuestro actual cementerio municipal se inauguró en Noviembre del año 1966, siendo Alcalde D. Francisco Cosano y Párroco D. Antonio Ramírez. A este primer espacio se trasladaron muchos de los restos del anterior cementerio que se ubicaba donde hoy está el parque de la calle Julián Besteiro.

Este primer recinto tardó en ocuparse, aproximadamente, 25 años. En el año 1991 se amplió con un segundo recinto que necesitó 15 años más para terminar de ocuparse. En total 40 años. Se amplió nuevamente y desde el año 2006 se está utilizando la parte nueva del cementerio. Este año de 2013 se ha llevado a cabo un buen adecentamiento de nuestro cementerio, se han eliminado todas las barreras para que pueda ser visitado por toda clase de personas y el cementerio ha quedado convertido en un lugar cómodo, con buenos acerados y jardines,  para que las personas que lo visiten se encuentren a gusto entre sus  antepasados y nosotros consideremos la muerte como cosa natural y para que podamos decir como el poeta:

Y cuando llegue el día del último viaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar.