La niña de la Miel

La niña de la Miel

La casa llevaba cinco años en venta, pero desde hacía tres semanas ya no colgaba de su ventana el cartel de SE VENDE.

Frente a la casa, tres niños que vivían en esa misma calle, observaban todo lo que acontecía en ella. Era el último día de vacaciones de verano.  La puerta de la casa se abrió, y por ella salió una mujer.

¡Anda, si es Puri la niñera! -exclamó el joven más delgado-.

En ese justo momento llegó el taxi del pueblo, de él se bajó una linda jovencita.

Doña Puri -dijo Juan el taxista-, aquí le traigo “la niña de la miel”, sus padres llegarán mañana en su coche y la llevarán al colegio.

Los niños, que estaban muy atentos, quedaron algo extrañados.

¿La niña de la miel? -dijo el más bajito- . Seguramente sea por el color de sus cabellos -supuso el otro niño, que era un poquito cojo-.

Efectivamente, la niña era pelirroja, cuyos largos cabellos se deslizaban sobre sus hombros, como finos hilos de miel.

Doña Puri y la joven de inmediato entraron en la casa, y los niños decidieron entrar a las suyas, no sin antes intentar sacar, sin éxito, conclusiones a las palabras dichas por el taxista.

Al día siguiente, primer día de colegio, los niños se alegraron al ver que la jovencita y ellos tres cayeron juntos en la misma clase.

Como de costumbre, el primer día de clase era el de las presentaciones de los propios alumnos:

Yo me llamo Francisco, tengo 12 años y me gusta mucho mirar a las estrellas -dijo el cojito-. Yo soy Antonio, colecciono cromos y tengo doce años; pero todos me llaman Antoñito -exclamó el más delgado-. Me llamo Manuel y en Diciembre cumplo los 12 –anunció el más bajito-, y me gusta coger conchas cuando voy a la playa.

En último lugar se presentó la joven: Me llamo María y tengo 12 años. Vengo de otro pueblo y me gustan mucho las flores.

 ¡Cómo a las abejas! –Dijo Antoñito en voz alta y entre risas-. Por suerte para él, el profesor se lo tomó a broma y no le castigó por ser el primer día.

Pronto llegó el recreo y todos salieron al patio a jugar. María, como no conocía a nadie, se sentó sola en unos escalones que bordeaban el edificio.

 

Los tres niños del pozo, mote que les tienen puesto los demás niños, porque así se llama su calle, y porque siempre andan juntos, decidieron sentarse a unos metros de María. Querían saber más acerca de su nueva y guapa vecina, querían saber por qué el taxista la nombró como “la niña de la miel”.

Los tres niños del pozo utilizaron una extraña forma de querer averiguarlo sin llegar a preguntárselo directamente. Uno a uno tendría que acercarse a y hacerle una pregunta. Como ninguno de ellos se atrevía a ser el primero, se jugaron el orden a piedra, papel y tijeras. En primer lugar le tocó a Antoñito:

Hola, ¿qué tal? Te he visto sola y vengo a hacerte compañía. Estamos en la misma clase-explicó Antoñito-. Ya lo sé –respondió ella-. ¿Te puedo hacer una pregunta? –Expresó el niño-. Ella dijo que sí con la cabeza. Ésta es la pregunta: ¿te gusta la Abeja Maya? A mí no –dijo la niña-, son unos dibujos muy viejos, además son muy infantiles… ¿acaso tu los ves? … jajaja… niño chico… ¡por razón te dicen Antoñito! –Gritó ella entre risas-. El niño, avergonzado, volvió con los otros dos.

¡Viene colorado!, ¿qué te ha dicho?, ¿te lo ha explicado? –Preguntaron los dos a la vez-. No, y no quiero hablar, luego os cuento. Bueno -dijo Francisco- ahora me toca a mí.

 Se acercó a ella y, al igual que Antoñito, le explicó que eran compañeros de clase, y además vecinos de calle. Tras unos minutos hablando con ella, le lanzó otra pregunta: ¿sabes que la miel la hacen las abejas con el polen de las flores? Pues sí lo se desde hace años– respondió María, añadiendo una pregunta-: ¿tú también ves la Abeja Maya?, son unos dibujos muy educativos, pero son para niños chicos –añadió ella entre sonrisas-. Francisco, con la cabeza agachada, volvió con sus amigos, pero contó lo ocurrido. Ahora voy yo, dijo Manuel.

Se fue en busca de María y le dijo: soy tu compañero de clase, tu vecino de enfrente, y a mi hermano pequeño le gusta mucho la Abeja Maya, y a mí también, y, aunque lo niegues, sé que a ti también te gusta –aseguró Manuel-. Ella no supo lo que decir, porque era verdad, a ella también le gustaba.

Manuel se volvió hacía sus amigos sin hacerle ninguna pregunta. ¿Qué le has preguntado? –Dijeron sus amigos-. Nada, no le he preguntado nada –afirmó Manuel-. Y en ese justo momento llegaba ella, escuchándolo todo, y con dulce voz dijo: ¿qué queréis preguntarme?, ¿qué queréis saber de mí? Soy nueva en el pueblo y en el colegio, aún no tengo amigos. Todos mis amigos se quedaron en Lamiel, que así se llama mi pueblo.

Todos quedaron en silencio. Los tres niños del pozo, con cara de sorpresa, se miraban entre ellos, y de pronto dijeron a la vez: ¡ya eres nuestra amiga, “niña de Lamiel”!. Y entre risas y carcajadas la abrazaban y daban besitos como a una más de la pandilla. Ella, muy contenta, saltaba y gritaba de alegría, al ver que los tres niños muy bien la acogían. Aunque, con cara de no entender nada, ella se divertía.

¿Le quieres explicar a la niña porqué los niños se sorprendían?

 

                                                                                                                             Francisco Estepa López.