El éxodo de personas en España, por Juan Capitan

El éxodo de personas en España, por Juan Capitan

Leyendo una noticia en el periódico no he podido evitar acordarme de mi primo Willy. Le admiro, hoy más que nunca. Admiro su arrojo y decisión, que yo no tengo, para según qué cosas. Siempre ha sido el bala perdida, el “enfant terrible”, el hijo díscolo. Tan soñador y aventurero que podría ser vástago del mismísimo fundador de Macondo. Desde muy joven ha hecho lo que le ha dado la gana sin importarle mucho el qué, ni el quién, ni el cómo. Para él, su casa, su hogar, es el mundo entero.  Sin ningún miedo se echa la mochila al hombro y se lanza a un nuevo destino: Mongolia, Polonia, Nueva york, Uruguay…., no hay fronteras para él. Va dando botes de aquí para allá con ansias de conocimiento, devorando, con el mismo entusiasmo que un niño ante una bolsa de caramelos, lo que cada nuevo lugar le puede aportar.  Trabaja en lo que le sale; vaquero en la Pampa, camarero en Los Ángeles,  pescador en Japón… Justo ahorra un poco de dinero  y vuelta a empezar. Nuevo lugar, nueva vida, nuevo trabajo. Sacrificando así, la estabilidad y seguridad de afincarse en un sitio, la calidez de una familia. De este modo entiende la vida y así es feliz.

Cuando viene de visita, la familia organiza una gran comida con el fin de estar cerca de él  y que nos cuente las historias, andanzas y peripecias  de lo que le ocurre en los  sitios en los que va viviendo. Unos lo miran con cara de estupefacción y otros con asombro.

Hoy día, pasada la borrachera de euros de hace unos años, con una resaca monumental y en plena debacle económica, con unos poderes fácticos incapaces de impulsar el empleo, con el entramado empresarial cada vez más deslavazado y un país cada día más depauperado, son muchos a los que no les ha quedado más remedio que  imitar a mi primo Wily. Y digo que no les ha  quedado  más remedio  porque, probablemente,   la mayoría que se ha ido no ha sido por aventura, por conocer otras culturas o por una forma de vida y, seguramente, tienen mucho más miedo  que el primo Willy. Se han ido por trabajo o,  para ser precisos, por la falta del mismo en nuestro  país. Leo en el periódico que según el  I.N.E., desde que comenzó la estimación mensual de población en enero de 2009, el país ha perdido 1.277.680 jóvenes de entre 20 y 39 años. Y se prevé  que la estadística aumente de forma exponencial dada la coyuntura económica, política y social en la que estamos inmersos.

Bien es cierto, y quitando un poco de dramatismo al asunto, si se me permite, que este inusitado éxodo no se puede comparar a las grandes migraciones de los años 60, ni por la cantidad ni por la forma. Los que ahora se van son, en su mayoría, jóvenes cualificados con cierto dominio de un segundo idioma, sin carga familiar y, en muchas ocasiones, con un trabajo ya encontrado y unas condiciones aceptables. Aunque también dice el diario que cada vez hay más personas sin mucha formación que se arriesgan en busca de la tierra prometida.

Habrá que esperar y ver qué ocurre si, llegado el caso, se terminan los desempleos, subsidios y cualquier otro tipo de ayudas que actualmente son con las que muchísimas familias están sobreviviendo.  Y si lo que hasta ahora es una salida preocupante de jóvenes en busca de mejores oportunidades laborales no se convierte en una huida masiva que ni los hebreos de Egipto en tiempos bíblicos o los ñus del Serengueti a las tierras del norte. Crucemos los dedos y esperemos que no.

Desde esta atalaya deseo, como siempre le digo a mi primo Wily, la mayor de las suertes a todo aquel que decida hacer la maleta y embarcarse hacia un nuevo rumbo, a una nueva vida, ya sea por encontrar una ocupación acorde a sus cualidades o por necesidad.

 

Juan Capitán.