El deber más importante, por Laura Parrado

El deber más importante, por Laura Parrado

Esta  semana Laura Parrado, la Dama Zahorí, nos invita a una reflexión tan profunda y coherente como necesaria, soportada en líneas de texto de excelente calidad literaria.

Algunas veces, la jaula está dentro del pájaro.

David Eloy Rodríguez.

Estamos vivos. Lo sabemos. Lo tenemos muy claro, desde que nos amanece y nuestros pies aterrizan en el suelo de nuestro cuarto para catapultarnos fuera de la cama, hasta que nuestros pasos serenos regresan al lecho, repletos de existencia, en busca del reparador descanso que el cuerpo reclama. Entre esos dos actos tan sencillos como cotidianos media un paréntesis temporal dominado por la acción y la interacción; y no tanto como quisiéramos o deberíamos, por la meditación y la reflexión. Exageradamente mínima es la fracción de tiempo que dedicamos al monólogo interior (no entendido como “contarnos” a nosotros mismos los acontecimientos que nos han sucedido o repetirnos lo que ya sabemos, sino como profundización en lo que sentimos, aprendemos, valoramos, imitamos, rechazamos, nos preguntamos y, en definitiva, vivimos cada día), y aún más breve, si cabe, el momento de valorar nuestra existencia y simplemente, en un acto de comunión con el universo que nos alberga, humildemente dar las gracias por ella.

Porque indudablemente hemos de agradecer estar vivos, aunque el  desenvolvernos día tras día entre tantas obligaciones (mayormente laborales, aunque también familiares, académicas…), tanta información (o desinformación, o sobreinformación, según el punto de vista que se adopte), tanto consumismo (el emblema de nuestra época), tanta convulsión política, económica, social y estructural (crisis, crisis, crisis) nos aparte de un acto tan necesario como la misma respiración. Nadie está realmente vivo si no valora su propia existencia. Nuestra vida es la única pareja a la que estaremos unidos hasta que la muerte nos separe. Ella se merece las mejores atenciones y regalos: coherencia, sentido crítico, responsabilidad. Si nuestra vida recibe los mimos que necesita y merece, nunca nos abandonará.

Y, ¿de qué se nutre nuestra vida? De nuestros sueños. Cuántas veces limitamos su cumplimiento por imposiciones internas: la falta de dinero, la distancia física, el qué dirán los demás…, que realmente tratamos como auténticas imposiciones, cuando no se trata más que de trabas puestas por nosotros mismos frente al miedo que nos inspira emprender algo nuevo, enfrentarnos a lo desconocido, introducirnos en el mundo del otro. Cuánta hambre pasa nuestra vida mientras destinamos nuestras energías a alimentar lo que no nos nutre… cuán a menudo se queda sin hacer el deber más importante, el que no se puede olvidar ningún día…

Equivocarnos, fracasar, estrellarnos, todos ellos son accidentes de nuestra propia naturaleza y como tales debemos aceptarlos. Corregirlos, por supuesto, o al menos intentarlo, recurriendo a los demás y haciéndonos fuertes por la voluntad de superar nuestra caída, pero sobre todo, eso, aceptarlos. Correr ese riesgo nos hará más auténticos, más humanos, e incluso más civilizados. Una persona es feliz cuando menos frustrada se encuentra, lo mismo puede aplicarse a una sociedad, a una nación, a un mundo al completo, y en todos, inherentemente sujeta a nuestra condición de seres humanos, subyace una innegable capacidad de frustración sana.

Laura Parrado.

http://ladamazahori.blogspot.com.es/

Nota: No se me ocurre qué lectura proporcionar para ilustrar este artículo. Son muchos los frentes de reflexión que abre en todos los sentidos, luego dejo al lector e incluso le propongo que examine los suyos en la medida que crea oportuno. Ya lo haga profunda o superficialmente, le aseguro que se sorprenderá del resultado. Aprovecho, sin embargo, la ocasión para recomendar el acercamiento a la obra poética de David Eloy Rodríguez (http://es.wikipedia.org/wiki/David_Eloy_Rodr%C3%ADguez), escritor con quien tuve la fortuna de conversar tras un encuentro literario realizado el año pasado con mis alumnos de bachillerato y en cuya obra relucen tanto la sencillez de su persona como la profundidad de su talento. Recuerden que la poesía es alimento del alma.