Ni convicto ni confeso, por Arroyo Romero

Ni convicto ni confeso, por Arroyo Romero

La Real Academia de la Lengua Española define la palabra convicto como sinónimo de presidiario, es decir, persona que está cumpliendo una condena en prisión. Y confeso es aquel que ha confesado su delito.  Pues yo, ¡¡ni convicto ni confeso!!

¡Señor, qué calvario he sufrido todos estos años a cuenta de una chusma vociferante, siempre al acecho en la puerta de los juzgados, insultando y denigrándome injustamente! Y qué decir de esos lacayos de los medios de comunicación, plumilla o micrófono en ristre, que me   corretean  y acosan impunemente allá por donde yo vaya,  ya sea solo o con mi familia, ¡que eso sí que tiene delito!  He tenido que pasar por los tragos más amargos que pueda sufrir ser humano: me acusan de prevaricación, de malversación, fraude, delitos fiscales… ¿Y todo esto por qué?  ¿Qué he hecho yo para merecer este martirio?  Total, por un palacete y otros lujillos sin importancia… El cirio que nos han montado, simplemente porque he hecho lo mismo que hacen casi todos  los que tienen agallas o pueden permitírselo por gozar de una alta posición  en este país. En cuanto a la imputación de mi mujer, mejor no hablar. ¡Pobrecilla!

El alma se me ha hecho jirones cada vez que he tenido que hacer el paseíllo entre esa jauría humana para sufrir la tortura de un tribunal, del que he tenido que escuchar lo indecible. Y suerte que mi abogado no ha permitido que se aireen mis asuntos de bragueta, que mi “colega” bien que lo intentó. Y mi mujer, pobrecilla otra vez, aguantando el chaparrón con la dignidad y la grandeza propias de ella, que está padeciendo un exilio disfrazado y  que se ha tenido que sentar en el banquillo ante unos inquisidores que la han machacado por ser quien es. ¡Una mártir, vamos!

El otro día, por fin obtuvimos nuestro primer merecido triunfo desde que comenzó todo esto. Salí de la Audiencia con tal satisfacción, que me costó trabajo reprimir la risa y las ganas de hacerle una peineta a los que aullaban en la calle. Por fin han emitido un auto parcialmente favorable: quedo en libertad sin fianza  (¡toma ya!) y puedo seguir residiendo…donde resido, porque el informe judicial afirma que no hay riesgo de fuga. ¿Fugarme yo, con lo ricamente que vivo ahora, sin trabajo y de amo de casa, con lo cocinillas que soy? Además, los escoltas  no lo permitirían, ¡menudo ridículo!  Lo que me fastidia es tener que presentarme una vez al mes ante la autoridad judicial  de… donde vivo. Y que no pueda salir de la Unión Europea sin comunicarlo al Tribunal. ¡Qué horrible humillación y qué latazo!

En fin, ahora vamos a disfrutar de una tregua, hasta que se dicte sentencia definitiva. Y espero que me resulte favorable porque, siendo familiar de los de la Casa Grande (y no me refiero a la de Badolatosa), aunque no nos hablemos… ¿qué tribunal va a  tener la osadía de enchironarme a mí?  Si los andobas banqueros andan sueltos, yo que soy más intocable…

Trincar….he trincado, pero por lo pronto me voy de rositas, ni convicto ni confeso. ¡Viva la Justicia de mi país!