Casariche y el bandolerismo, por Rafael Rodríguez

Casariche y el bandolerismo, por Rafael Rodríguez

Casariche, punto equidistante entre Estepa (lugar de nacimiento, entre otros, de  Juan Caballero, El Vivillo y El Pernales) y Jauja (patria de José Mª El Tempranillo) no tuvo más remedio que tener bastante relación con el llamado bandolerismo andaluz.

Nos vamos a referir a tres personajes para documentar esta afirmación:

  1. El tío Martín.
  2. Los secuestradores de Casariche.
  3. Juan Caballero “El Lero”.

El tío Martín

El tío Martín se llamaba Francisco Fernández Baena y era natural del pueblo malagueño de Mollina. Llegó a Casariche y compró una huerta un poco más arriba de La Fuente Arriba, entre el río Yeguas y el ferrocarril. En el sótano de la casa de esa huerta escondía a los muchos secuestrados que los bandoleros de la zona le llevaban y ejecutaba a los que no pagaban su rescate.

¿Y cómo es posible que nadie sospechase de las malas andanzas de este personaje? Para contestar a esta pregunta no tenemos más remedio que hablar de un famoso rosario que yo contemplaba, de niño, en casa de mi tío José Lucas Graciano y que éste regaló al médico D. José Fortea Moreno. Con este rosario, de tamaño considerable, venía todos los días a vender su mercancía a Casariche y se pasaba por la iglesia a rezar. De esa manera, nadie podía sospechar de este “piadoso” hortelano que, en realidad, era un auténtico monstruo.

Todo se descubrió gracias a la sagacidad del Gobernador Civil de Córdoba D. Julián de Zugasti. A este hombre se le ocurrió la idea de dispersar a todos sus agentes por la vasta extensión de Andalucía. Iban todos disfrazados de mendigos y debían demandar limosna canturreando, y en sus coplas debían siempre intercalar el nombre del lugar donde se encontraban. El que hacía el recorrido por la zona de la Huerta del Tío Martín canturreaba lo siguiente: “–¡Gracias a Dios! Vengo de La Alameda y voy para Casariche y hasta ahora no he encontrado un alma caritativa que me socorra”. Días después, un secuestrado fue rescatado y cuando refería su cautividad al Gobernador de Córdoba, éste le preguntó:

— Pero ¿usted no oyó desde su calabozo nada absolutamente, un grito, una voz, un cantar, que le diera algún indicio?
— ¡Ah, sí! Una copla de ciego, unas palabras de gracia.

Y las repitió puntualmente. Zugasti hizo llamar a aquel de sus agentes a quien había correspondido el itinerario entre La Alameda y Casariche. Y así pudo llegarse al descubrimiento de aquel siniestro nido de secuestradores: la Huerta del Tío Martín de Casariche.

En el sótano estaba enterrado, entre otros, el desdichado Francisco Agapito Delgado Giménez, secuestrado en su finca de La Alameda, en donde se encuentra la cruz de piedra que reproducimos en este artículo y en la que se pueden leer las fechas de su secuestro y el hallazgo de su cuerpo allá por el año 1870.

 

Secuestradores de Casariche

De los secuestradores de Casariche se reproduce la foto de los mismos y sus nombres. Fueron los que secuestraron al niño Juan Cañete. Esta foto es la portada de el libro “El Bandolerismo andaluz” de Bernardo de Quirós.

Juan Caballero «El Lero»

Juan Caballero “El Lero” fue uno de los famosos bandoleros indultados en la Ermita de la Fuensanta de Corcoya junto con José Mª El Tempranillo, Germán y Frasquito de La Torre. Él fue el primer comandante del llamado Escuadrón Franco para la Represión del Bandolerismo. Renunció a este cargo y se retiró a su pueblo, Estepa, donde vivió tranquilamente hasta su muerte en 1895, con más de 90 años.

De sus memorias, copiamos el siguiente hecho que le ocurrió en Casariche: “A la una de la madrugada salí yo de la casa del médico de Badolatosa en una burra y me dirigí adonde estaba esperando el hombre enviado por mi suegra con una buena mula, como a media legua del pueblo. El compadre del médico se volvió a Badolatosa con la burra y yo me puse una espuela en el pie izquierdo y pasando mil apuros me subí en la mula y le dije al hombre: –Corta a campo a travesía hasta dejar a Casariche a la derecha; y dándole yo con la espuela un toque a la mula, la mula empezó a botar y me tiró dándome tan gran golpe en la herida que el dolor me dio un flato y me quedé en el suelo sin sentido como muerto, viéndome mi compañero que no respiraba ni nada se asustó y creyéndome difunto se montó en la mula y me dejó en aquel desamparo, temiendo a las partidas.

Al volver yo de mi desmayo empiezo a llamarlo y no aparecía y yo me acordé que en Estepa se habían reunido en esos días 100 hombres de Caballería por orden del Capitán General de Sevilla para la persecución de las partidas y que al amanecer salían las descubiertas por los caminos. Entonces me fui a gatas alejándome del camino y anduve una legua hasta llegar por encima del Rigüelo metiéndome en una mata a ver si amanecía y pasaba por allí alguna persona que yo conociera.

Lo que yo pasé no se puede explicar ni tiene comparación con nada. A eso de las 10 del día veo venir una piara de cabras con un zagal de 14 ó 15 años, le llamo y le digo: –Niño, ¿de quién eres? Y me dijo: –Soy de Gregorio el de Casariche, el amo de las cabras. –¿Y dónde está tu padre? Me contestó: –En la majada cerca de aquí. ¿Quieres ir y decirle que aquí hay un amigo que quiere hablar con él?

Fue y en seguida vino el padre. Así que me vio de la manera que yo estaba me dice: –Juan de mi alma, ¿qué es esto que te ha pasado a ti que te veo tan malo? Adonde tú me digas te llevo; nos iremos con el peso del día por el Rigüelo arriba que a esa hora están las tropas sesteando en los pueblos.

Trajo una bestia; montándome en ella seguimos El Rigüelo arriba. Le dije: –Dirígete al caserío de El Alba que allí tengo mi caballo, y así que yo hable con el rabadán de las ovejas te volverás, como se verificó. Al despedirnos saqué el bolso y le di siete duros que me quedaban y le dije: –Gregorio, este bolso tómalo y no te ofendas que no es para ti, que es para tus niños para que les compres una prenda, porque si me cogiera con un millón te lo daba según lo agradecido que te estoy.”

 

Rafael Rodríguez